martes, 22 de abril de 2008

El Muro

En mi fantasía, el muro es siempre una obra noble. Levantado con esfuerzo de mezclas, cosecha y moldeado de ladrillos, tirado a cordel con el horizonte como único límite, el muro defiende contras las tormentas de viento y arena, contra el crecimiento de las aguas, contra balaceras y escupitajos de largo alcance. El muro bueno, levantado por el pater familias, con arreglo a los ritos antiguos; el muro inviolable que deslinda la tierra de nuestros muertos, es la puntuación del hombre sobre la página en blanco de Natura. Indica la necesidad de pensar en términos de adentro y afuera, de antes y después de la primera piedra colocada con esfuerzos de arrastre y planos enjabonados. Conciencia analógica si se quiere, proyección de la mente que se sabe protegida por el paramento del cráneo: débil defensa contra peñascazos, intentos de trepanación amistosa y cachamales en la nuca. Puede ser un murito, una simple corrida de ladrillos, una línea de cordeles manchados con tiza, pero impone respeto; alguien se tomó el trabajo de limitar los alcances de la casa, el cementerio y el jardín, el taller lítico o la cocina de los muertos, y quien cruza esa frontera doméstica debe pagar las penas del infierno, debe llover sobre él o ella la misma lluvia de flechas que agobió a los griegos por capricho y tupé de Febo Apolo. Debe condenarse en el círculo reservado a los imprudentes y a los traidores a la Patria.

No hay comentarios: