jueves, 24 de abril de 2008
El Antimuro.
El antimuro, levantado a ojo, con ladrillos fiscales más desmigajados que Pan de Pascua, apoyado a la mala contra el muro vecino, ignorante de cortafuegos y otras regulaciones, el antimuro es la mala consciencia del vecino que se aprovechó de la “Ley del mono” para ganar unos cuantos centímetros de más, unos pocos grados de inclinación para su techumbre, sin importarle ni un cuete la privacidad del otro, el espacio vital del otro: ampliaciones sujetas con clavos, paletadas de cemento, rejillas incrustadas a la brutanteque. La desregulación del espacio construído tiene su equivalente en la transformación de la calle en esquina para los marginales, en tierra de nadie para las balaceras y ajustes de cuentas y transacciones a plena luz del día. El muro malo es el muro que transfiere la lógica de la tierra de nadie al corazón de las poblaciones, al centro mismo de las plazoletas; el espacio tomado, apropiado con la pillería mal entendida del chileno (o de la chilena), es el robo al espacio común de la caminata, del saludo en la esquina, de la pausa frente a un quiosco. Una ciudad en que unos cuantos se apropian de los espacios desregulados, otros arruinan los términos de espacios comunes y comunales, es como un reino devidido contra sí mismo: no puede sobrevivir por mucho tiempo antes de que arruine la vida de sus habitantes y se arruine a sí mismo como testimonio del fracaso de una sociedad lo suficientemente madura como para consolidar sus muros.
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